EL FANTASMA DEL ALCALDE

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CUENTOS CLASICOS POPULARES


El alcalde de Villa Escondida era un hombre muy servicial y dadivoso. Era amigo de ayudar al mundo entero y por consiguiente era la persona más querida de aquel pueblo.

Sucedió que una vez se desató una guerra en el país. Se fueron a las armas hermanos contra hermanos.

Don Pepe el alcalde, en su anhelo de asistir y calmar la situación, se hizo presente al sitio de la batalla. Llevaba tan mala suerte que lo alcanzó una bala y murió en combate.

Su cuerpo fue enterrado allá mismo, así como los muchos de los soldados que murieron en combate. A cada uno de ellos se le puso en una tumba separada, pero sin nombre y ninguna otra señal que sirviese para saber dónde estaba enterrado cada cual.

La gente Villa Escondida se puso realmente triste al conocer la muerte de su querido presidente municipal, don Pepe. Y para peor de males, ni tan siquiera se conocía cuál era su tumba. Quizás por esto nació una creencia entre la gente, que poquito a poco se fue propagando. La creencia era que don Pepe. se aparecía en el pueblo, a lo largo de las noches, y que proseguiría apareciéndose mientras que su cuerpo no estuviese enterrado en el cementerio, en una tumba donde la gente pudiese ir a recordarlo.

Verdaderamente la gente tenía razón de tener esos sentimientos para con don Pepe. Fueron miles las necesidades que solucionó y las personas que ayudó. Había sido un hombre realmente desprendido de sí mismo. Tanto, que nunca admitió que nadie le devolviese nada de lo que tan espléndidamente daba. Lo más que llegó a aceptar, fue algún puro que alguien le quisiera regalar; ya que siempre permanecía con un puro en las manos.

De pronto se regó el rumor que en la propiedad de don Alonso, que estaba en el centro del pueblo, se aparecía el fallecido alcalde. Eran muchos los vecinos que afirmaban haberlo visto paseándose a altas horas de la noche por las afueras de la casa de don Alonso. Ya absolutamente nadie se atrevía a acercarse por aquel sitio cuando caía la noche.

No obstante don Fidel, el carpintero, no era hombre que se dejase dominar por temores de fantasmas. Una noche se ocultó cerca de la casa de don Alonso. Pasadas unas horas pudo ver de qué manera de esa casa salía el fantasma del alcalde y se disponía a pasearse por la calle, de arriba abajo. Tras un rato, vio de qué manera el presunto fantasma se metió nuevamente a la casa. No había pasado ni quince minutos cuando llegaron dos carretas, que se detuvieron en frente de la casa de don Alonso. Este salió a saludar a los boyeros y, juntos los tres hombres, metieron la carga a la casa. Luego de esto, se fueron muy tranquilos.

Al amanecer don Fidel reunió a todos y cada uno de los vecinos del pueblo, puesto que conforme afirmaba, debía darles una buena explicación. Se reunieron en la plaza. Allá estaba el mismísimo don Alonso. Don Fidel anunció con mucha calma que venía a asegurarles que el fantasma de don Pepe, el finado alcalde, ya no se volvería a aparecer en el pueblo, que todos podían estar seguros de eso y que ya podían caminar tranquilamente durante las noches por todas y cada una de las calles del pueblo.

Don Alonso se levantó para preguntar de qué forma iban a hacer ellos para evitarlo, pues era bien sabido que mientras que don Pepe no descansase en el cementerio, se proseguiría apareciendo en el sitio.

-¡Yo ya descubrí en dónde se encuentra enterrado nuestro querido alcalde!… respondió don Fidel.

-¿Y cómo hizo para descubrirlo? –volvió a consultar don Alonso.

-¿Se acuerdan de los puros de don Pepe? – preguntó por su parte don Fidel – Puesto que bien: el día de ayer estuve en el sitio en donde están las tumbas de los que murieron en aquella batalla y de una de ellas vi salir mucho humo. Estoy seguro que allá está enterrado don Pepe. Lo vamos a llevar al cementerio, le edificaremos una preciosa sepultura en donde podemos ir a recordarlo y, así, ya no se volverá aparecer su fantasma.

-¡Eso es imposible! –dijo don Alonso ¿De qué manera creeremos que don Pepe esté fumando en su tumba?

-¡Puesto que es más simple que fume a que tome licor adulterado!- respondió don Fidel con mucha calma.

Don Alonso entendió la indirecta y se retiró mudo de miedo. Desde aquel día se olvidó por completo del licor de contrabando, puesto que aun la gente del pueblo lo consideraba una persona venerable.

Posiblemente el cadáver que descansa en una preciosa sepultura del cementerio de Villa Escondida, en la que se puede leer en grandes letras “A LA MEMORIA DE NUESTRO QUERIDO ALCALDE”, no sea realmente el cadáver de don Pepe. Lo que sí podemos asegurar, es que todos y cada uno de los vecinos de ese sitio viven con mucho apego a la ley, puesto que siempre y en toda circunstancia tienen muy presente los buenos ejemplos del recordado alcalde.

El respeto a la memoria de un ser, que partió al otro mundo, es necesario para que en verdad Descanse en Paz.