LA FAENA DEL HERRERO

Category: Responsabilidad 1

CUENTOS PARA DORMIR Y REFLEXIONAR


Cuentan que un herrero, hace ya de esto muchos años, trabajaba todos y cada uno de los días de la semana. No le importaba que fuera domingo o bien cualquier otro días de celebración religiosa. Eso sí, apenas ajustaba veinte pesos al día, no volvía a trabajar. Si los veinte pesos se los ganaba en la mañana, ya en la tarde no trabajaba, aunque le pagaran el doble.

Un buen día le contaron al rey que el herrero no respetaba las fiestas religiosas ni cada domingo. Entonces el rey lo mandó a llamar para obligarlo a respetar las leyes.

-Me han contado que no respetas los días de celebración religiosa, que trabajas todos los días de la semana, sin importarte en absoluto que sea domingo o bien día feriado.

-De hecho, señor, así es- afirmó el herrero.

-¿Me podrías explicar por qué razón haces esto? –dijo el rey.

-Señor, para cumplir con mis obligaciones, debo trabajar todos y cada uno de los días. Apenas gano veinte pesos, ya dejo de trabajar.

-¿ Y qué hacer tu con esos veinte pesos?, -afirmó el rey.

-Bueno, cinco pesos los devuelvo, cinco pesos los pago, otros cinco pesos los boto y ocupo cinco pesos diarios para vivir.

-¿Y de qué manera se comprende eso?, -preguntó el rey.

-Va a ver, señor, -afirmó el herrero- cinco pesos los doy por Dios, cinco pesos se los doy a mi madre, que ya está viejísima y no puede trabajar, pues me los adelantó cuando era muy pequeño y no podía trabajar. Cinco pesos se los doy a mi esposa, que no hace más que comer y adquirir ropa, y los cinco últimos lo gasto en la casa. Es de este modo como reparto los veinte pesos.

El rey se quedó pensando: Si le ordeno que no prosiga haciendo esto, lo pondré inmerecidamente en un apuro. Pero le pondré una condición. Sin no la cumple, lo hare pagar todas y cada una juntas. Y así le dijo:

-Está bien, puede proseguir trabando como desees, pero eso sí, no le vas a contar a absolutamente nadie lo que me has dicho a mí, hasta no haberme visto la cara cien veces.

El herrero se fue, regresó a su casa, y siguió trabajando en su horario acostumbrado.

El siguiente día, el rey reunió a los sabios y pidió que le explicasen lo de los veinte pesos repartidos, a ver si podían encontrar una solución. Les afirmó que se trataba de cinco pesos devuelta, cinco pesos pegados, cinco botados y cinco reservados.

Los sabios solicitaron ocho días de tiempo para explicar el tema de los veinte pesos.

Pensando, llegaron a descubrir que este tema debía ver con la visita del herrero. Se fueron a la casa del herrero y le preguntaron qué podía decir al respecto. El herrero se negó a decirlo. Volvieron múltiples veces, sin embargo el herrero se negaba siempre y en toda circunstancia. Al fin les dijo:

-Está bien, se los afirmaré si me traen cien monedas de oro. La suma era altísima, pero a los sabios no les quedó más remedio que traerle las cien monedad de oro.

El herrero tomó una a una cada moneda. Las miraba y la guardaba, las miraba y la guardaba. Cuando acabó de mirar las cien monedas de oro, les explicó como repartía los veinte pesos.

Cuando pasaron los ocho días, el rey llamó a los sabios y les preguntó si habían resuelto el dilema.

-Así es -afirmaron los sabios, y se lo explicaron tal como el herrero se lo había explicado a ellos.

El rey, al oírlos, sospechó que el herrero les había contado todo.

-Voy a llamarlo – pensó el rey – y ahora me las pagará todas y cada una. Probablemente los sabios lo abordaron o bien le dieron dinero. Estoy seguro que no lo resolvieron el tema solos.

Lo mandó a llamar al instante, y cuando llegó le dijo:

-Estoy molesto, que pese a mis órdenes, has hablado más de la cuenta, has traicionado el secreto que teníamos. Ahora debo castigarte.

-Señor, -afirmó humildemente el herrero- dispones de mí y de todo cuanto tengo. Solo deseo decirte que no te he traicionado. Yo no traicioné tu secreto ni tus órdenes. Primero solicité a los sabios cien monedas de oro, de esas en donde aparece tu cara por una parte de la moneda. Y las vi una a una. Vi cien veces tu cara. Pregúntaselo a los sabios si deseas. De ahí que les conté todo. Por si fuera poco, no solo me gané las cien monedas de oro, sino que me quité de encima a esos sabios que no me dejaban en paz.

Frente al ingenio del herrero, afirmó el rey:

-Anda con Dios, buen hombre, y que El te dé suerte, que has sido más inteligente que mis sabios juntos.

¿ Y Tú, Cómo Distribuyes el Dinero que Dios te Provee ?

¿ Cuánto Inviertes en Educación ?
¿ Cuánto Inviertes en tu Salud y en la de tu Familia?
¿ Cuánto Consumes ?
¿ Cuánto Ahorras para tu Vejez ?
¿ Con Cuánto te Diviertes ?
¿ Cuánto Desperdicias ?
¿ Con Cuánto te Consientes ?
¿ Cuánto le Devuelves a tus Padres ?
¿ Cuánto le Regresas a Dios?

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