EL VAPOR DEL GUISO

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CUENTOS CORTOS


En un lejano país, al otro lado del mar, vivía un hombre llamado Hipólito.

Don Hipólito tenía una venta de comida entre las calles del centro del pueblo. Bastante gente llegaba a adquirir la exquisita comida que Don Hipólito preparaba.

Un día, llego un chico muy pobre con una tortilla en la mano y se metió a la cocina.

Se arrimó a una gran olla que despedía una agradable fragancia, puso la tortilla a recoger todo el vapor que salía de ella. Entonces, tranquilamente se la comió. Iba a salir, cuando Don Hipólito lo detuvo y le dijo:

-¿Piensas que te irás de esta manera no más, sin pagar la cuenta?

-Yo no he comido nada de tu tienda- afirmó el chico. –Eso te crees , pero la tortilla no te habría sabido igual sin el vapor de mis guisos.

-Eso es cierto –dijo el chaval- pero no vendes el vapor y por qué razón me lo venderás a mí. Realmente creo que no te debo nada.

-Ah, maldito sinverguenza, vamos frente a un juez entonces, a fin de que te haga pagar tu deuda.

De esta manera, entre litigios y litigios, salieron Don Hipólito y el chico para la oficina del juez.

Cuando llegaron, Don Hipólito explicó que el muchacho no deseaba pagarle.

-Fue solo vapor lo que me comí, señor juez, -afirmaba el joven.

El juez se puso a meditar un rato y llegó a la conclusión de que los dos tenían la razón. El fallo, por tanto, era bien difícil.

-Es mejor que regresen mañana –les afirmó – debo estudiar el caso y mañana les voy a dar mi veredicto.

Se fueron Don Hipólito y el chico. El juez reunió a jueces y sabios a fin de que le ayudasen a solucionar el caso.

-El vapor no es del chef, puesto que no lo puede retener. El vapor sale y se confunde con el aire. No es ninguna substancia que pueda comerse. Por tanto, creo que el muchacho no le debe nada a Don Hipólito –dijo uno de ellos.

-Puesto que yo creo lo contrario –decía otro – que el vapor es del guiso. El guiso lo hace el chef. Oigan bien, trabaja en eso, y como todo hombre, está en su derecho a vivir de su trabajo. Lógico es que el muchacho, que gozó del trabajo de Don Hipólito, le pague por haber disfrutado del vapor.

Y de esta manera, los sabios no se ponían de acuerdo. Al fin, tras tanto escuchar argumentos, el juez llegó a una conclusión. Mandó llamar a don Hipólito y al muchacho y les dijo:

-Don Hipólito tiene por oficio vender el producto de su trabajo; y otros van a la tienda a comprárselo. Lo más justo es pagar el valor de lo que se adquiere. Don Hipólito vende comida en platos, que los compradores tocan y comen. Lo justo es que paguen en moneda que Don Hipólito recibe en sus manos y se echa a la bolsa. Pero en este caso, lo que quieren vender es el vapor del guiso. El vapor es algo que no se puede tocar, que prácticamente no se puede sentir, que Don Hipólito no puede servir en un plato, en un vaso o en una taza que nadie puede comprar, por lo tanto el muchacho no tiene por qué pagarlo; y don Hipólito debe darse por satisfecho con algo parecido. No se le puede pagar con monedas que pueden tocarse, sino con el ruido que éstas hacen al caer al suelo. En ese sentido mi sentencia es, que el muchacho haga sonar unas cuantas monedas delante de Don Hipólito.

Un litigio más donde el Juez se ve en apuros a la hora de dictar su veredicto, y un arrogante demandante que se quiere aprovechar de la humildad y sencillez de un muchacho.

Se crea la duda sobre si el Vapor de un Guiso es propiedad del Chef que lo cocinó como fruto de su trabajo, o es del aire y cualquiera puede consumirlo sin costo alguno.

Gracias a su sabiduría, el juez logró impartir justicia; y determinó que no podemos exigir y cobrar por algo que no nos corresponde de forma individual, pero que nos pertenece a todos los seres vivos por igual.

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