La Ofrenda

Laura se durmi贸 con odio a Marcos y al despertar no estaba en la cama donde se hab铆a acostado la noche anterior sino en la cueva del acantilado, mi guarida, en un universo que nada tiene que ver con el de los hombres y mujeres de la tierra.

Afuera, la tormenta infernal y eterna arreciaba sobre el mar que parec铆a reclamarle supremac铆a, ansiosos de alcanzarse el uno al otro para la batalla final.

Arriba, el rugir del cielo, con el viento que arrastraba por lo alto nubes negras como crespones f煤nebres, que de vez en cuando dejaban ver una luna con el color de la infecci贸n.

Abajo, la monstruosa marejada azotaba una y otra vez el negro arrecife de coral y amenazaba con despedazarlo como una pesadilla del Kraken. Por momento aparec铆an restos de embarcaciones provenientes de otros tiempos.

Desnuda, ella vio con extra帽eza el fuego que chisporroteaba a su lado y, temblorosa, volvi贸 a mirar la tormenta de afuera pero esta vez algo hab铆a all铆. La silueta inm贸vil de un hombre con una mueca de risa. Alto, con fosforescentes ojos rojos de serpiente, colmillos y dientes de lobo.

Laura descubri贸 en esos ojos a Marcos y sonri贸, se sinti贸 subyugada, enamorada.

Se levant贸 sin ning煤n tipo de pudor con todo su cuerpo de piel blanca y sonrosada y se acurruc贸 entre mis brazos, sus manos recorr铆an mi pecho de piel escamosa. No le tuvo miedo a las garras de tres dedos del Amo de los Vientos y se estremeci贸 cuando le acarici茅 la espalda y pos茅 una zarpa en su cadera.

Afuera, el infierno estaba m谩s desatado que nunca. Las olas voraces parec铆an ganar la batalla al acantilado que se deshac铆a en grandes trozos de roca y 谩rboles que se alzaban como manos clamando desesperados al cielo negro y rugiente.

Ella levant贸 su cara y peg贸 su sonrisa a mis fauces, su lengua recorri贸 cada uno de mis afiliados dientes y le provocaron sangre. Sus labios y sus mejillas de colorearon de escarlata.

Sin dejar de sonre铆r, excitada y temblorosa, Laura se volvi贸, se inclin贸, se entreg贸.Yo la pose铆. Cambi贸 el 茅xtasis y el dolor por la inmortalidad de Yog Sototh el Demonio de la Soledad.

Luego de la oscuridad, abri贸 pesadamente los ojos con el pitido lacerante del despertador, desnuda y sudorosa, en la cama de su departamento. Sinti贸 un sabor acre en la boca, hizo una mueca de asco y escupi贸 algo de sangre en la alfombra. Ten铆a que levantarse para ir a la oficina. Y una vez m谩s odi贸 a Marcos.