La hoja de la suerte

La hoja de la suerte
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La hoja de la suerte

La alfombra de la hoja de la suerte marrón, cubría las calles grises de la ciudad.

Juliano salía de la escuela, le habían puesto muchos deberes, y no tenía ganas de hacerlos.

Arrastraba los pies por el suelo e iba disparando cada una de las hojas que se encontraba.

En un tiro de éstos, una, le fue a parar a la cara, dejándolo sin visión por unos momentos.

Cuando la recuperó, se encontró en un parque que no había visto nunca.

¿Dónde estaba? Las hojas cubrían el suelo, pero el resto parecía todo muy diferente:

Los árboles medio pelados, tenían unas formas muy extrañas como de enormes gigantes que movían los brazos con la fuerza del viento.

Los bancos no eran de madera si no hechos de piñones.

La hoja de la suerte

 

El niño se acercó para coger uno.

De golpe se oyó una vocecita que decía:

– Eh, tú! Deja eso que es mi casa! –

– ¿Quién habla, de donde viene esta voz? –

– Soy el Duende de otoño-

– Como he venido a parar aquí? ¿Dónde estoy?

– No te has movido de donde eras.

La hoja de la suerte ha venido a encontrarte y ahora puedes hablar conmigo.

Pero no me podrás ver, los duendes no nos gusta que nos vean.

Ahora me puedes pedir un deseo, pero pidiéndotelo bien, no pidas lo primero que se te ocurra.

– … Juliano no sabía qué pedir, en aquellos momentos sólo quería tener los deberes hechos, y aunque dudó, su deseo fue aquél.

El duende le dijo que no le parecía un buen deseo, porque si le daba los deberes hechos, no aprendería lo que allí se contaba y no le quiso conceder el deseo.

Pero el chico insistió y finalmente el deseo se cumplió.

Juliano muy agradecido volvió a casa no se sabe bien cómo, pero los deberes ya estaban hechos.

Se pasó la tarde mirando la televisión.

Al día siguiente en la escuela, el maestro le preguntó qué había aprendido de los deberes que le había mandado hacer.

Juliano se puso muy nervioso, no sabía nada de nada.

El Duende tenía razón.

– He aprendido que nunca más le pediré a nadie que me haga los deberes.

Engañar a los demás es engañarse a uno mismo.

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