Un regalo del Cielo

No es normal que se pierda un bebé. ¿A que no? Bueno, es verdad que las mamás se ponen un poco nerviosas cuando lo tienen, y pierden el bolso, el teléfono móvil y hasta la cabeza, pero raras veces pierden a su bebé. Sin embargo, aquella mañana fue especial, y dos mamás perdieron a sus hijitos. Una, era una mamá humana; y la otra, era una mamá oveja.

Beeee, beeee. Las dos se quedaron dormidas, de lo cansadas que estaban por todo lo que habían tenido que trabajar. La mamá humana se durmió en el parque. El cochecito donde llevaba a su bebé empezó a rodar por una cuesta y rodó, rodó, rodó… hasta llegar al río, y el cochecito se fue flotando aguas abajo. Lo mamá oveja se durmió entre los juncos. Y el corderito se puso a perseguir a una libélula, y acabó perdido en la ciudad. El susto que se llevaron ellas al despertarse fue mayúsculo, y en seguida se pusieron a buscarlos.

¿Dónde está mi bebé, dónde está mi bebé? Pero lo que encontró cada una fue el bebé de la otra. La mamá humana encontró al pequeño corderito, que corría despistado por el parque. La mamá oveja encontró al niño, dentro del cochecito. Y como estaban muy tristes, decidieron quedarse con ellos. La mamá humana se llevó al corderito a su casa, donde empezó a cuidarlo como si fuera su hijo. La oveja escondió al niño en un campo de alfalfa, y cada poco iba a verlo para lamerle la barriga y también le daba de mamar. Y lo extraño, lo extraño, fue que los dos bebés estaban tan contentos con sus nuevas mamás.

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El corderito estaba feliz con la mamá humana, y el niño feliz con la mamá oveja. Como si mamás y bebés estuvieran hechos para estar juntos, no importa las especies o razas distintas a que pudieran pertenecer. Y hasta más de uno dio en pensar que a lo mejor debían organizarse con más frecuencia aquellos intercambios. Y que el bebé de la vaca podría estar unos días con el elefante, el bebé del gato podría estar con el cerdo, y el del gorrión con el de un abejaruco. Y que así cada uno pudiera enterarse de cómo eran y cómo vivían los otros. Pero, claro, nuestras mamás no terminaban de estar contentas.

Que prestar por un tiempo a tu bebé, no es lo mismo que regalarlo para siempre. Y así fue hasta que un pastor, que vio a la oveja con el niño, llamó a la mamá humana para decírselo, y esta vino corriendo a buscarlo. Y no solo vio que aquel era su bebé, sino que el corderito que ella tenía era el bebé de aquella oveja tan atenta; y cada una había cuidado sin saberlo el bebé de la otra. Y, después de cambiárselos, se despidieron con muchos besos, y prometieron verse con frecuencia. Pero la vida de una mamá oveja y la de una mamá humana no se parecen en mucho, y poco a poco todo volvió a ser como antes, y las dos volvieron a vivir en sus mundos separados. La mamá humana con los hombres en la ciudad; la mamá oveja con los animales en la granja. ¿Se olvidaron entonces de esos otros bebés que habían tenido por un tiempo con ellas? No, no se olvidaron.

Que es verdad que estaban encantadas con sus hijitos, pero también que se acordaban a menudo de los prestados, y se ponían un poco tristes porque se habían llevado con ellos una parte de su corazón. Y se daban cuenta de que todos los bebés del mundo son un regalo del cielo. Y que el amor era para todos igual. ¿Y qué pensaba entonces la mamá humana al mirar a su bebé?: ¡Qué guapo es! Tiene los ojos dulces como los corderos”. ¿Y qué pensaba la mamá oveja cuando miraba al suyo?: ¡Qué maravilla! Parece que sonríe como los niños.

Un regalo del cielo, de Gustavo Martín Garzo Ilustrado por Elena Odriozola de la editorial SM

Autor: Beatriz Montero.

Fuente: Cuentacuentos Beatriz Montero