Mi trabajo con el sr. Marcos

Mi trabajo con el sr. Marcos
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Lo conocí hace tiempo, mucho tiempo.mi-trabajo-con-el-sr-marcos

Era un tipo extraño, feo muy feo, de aquellas personas que no puedes mirar directamente a la cara, que te hacen realmente asco, ya no tanto por su aspecto físico o su talante sino, simplemente, por la energía negativa que desprenden.

Yo no lo he podido soportar nunca y, además, coincidimos en una bronca brutal que hizo que aún la odiara más.
El problema es que me lo encontraba siempre, cada día, mientras hacía mis gestiones en el banco.

Era imposible no cruzarse con él, y los esfuerzos que había hecho para evitarlo, cambiando varias veces de oficina bancaria, de horarios, incluso enviando allí a otra persona que se ocupara de mis responsabilidades, no habían facilitado que su presencia se desvaneciera o fuera menos evidente. Al contrario.

Era realmente una tortura tenerlo presente día y noche, y ya me estaba volviendo loca del todo cuando un día, sin previo aviso, desapareció del mapa, lo que me provocó una gran alegría.

Viví, pues, así, bien tranquila y despreocupada durante exactamente diez años.

Ya no pensaba.

Ya me podía mover libremente por mi ciudad sin tener la sensación de ser constantemente vigilada por él.

Era un gran descanso.

Durante mucho tiempo sufrí de crisis de ansiedad, tenía que tomar ansiolíticos, no dormía bien, no me podía concentrar, lo que acentuó la crisis en el volumen de ventas de mi negocio, y eso que aún no había comenzado la verdadera crisis , la real, la mundial, la que tenemos ahora.

Fue una época realmente desesperante, pero ya lo había superado, y este era el gran éxito, la gran novedad que tenía en mi vida.

Se puede decir que era feliz, que llevaba correctamente la contabilidad de la empresa sin tener que pensar en ese tipo como si fuera mi vigilante nocturno, ya no tenía cara de espanto cada vez que salía a la calle o evitaba asistir a actos sociales para tratar de no encontrármelo.

En aquella época de que hablo todavía no estaba casada, y supongo que si lo hubiera sido la cosa hubiera ido de forma diferente, pero ahora me sentía segura con el Polo, con la pequeña casa que tenía encima de la tienda, y mi vida rutinaria y sencilla.
Dos o tres veces al año tenía que hacer viajes a Madrid para cerrar algunos de los asuntos que ocupaban mi trabajo, y en una de estas reuniones me sorprendió el comunicado que me tiró el director de la franquicia con la que trabajaba:

el Sr. Marcos, uno de los principales representantes de la firma Stevenson, dejaba su cargo y en unos días se produciría el proceso de selección de su sustituto.

Yo no podía pensar en nadie más que pudiera ocupar ese cargo. El Sr. Pascual era el mejor representante de esta firma de ropa de alto standing, era el más adecuado para ejercer sus funciones, quien tenía siempre las claves de las tendencias vigentes y quien mejor te asesora en todo.

Me quedé ciertamente decepcionada de su marcha, pero ya se sabe, no hay nadie imprescindible en esta vida, así es que intentaría hacerme enseguida con el nuevo representante y adaptarme a sus modos de hacer y de llevar el producto.

No quedaba más remedio.

El 5 de octubre me llamó el mismo Pascual para despedirse y comunicarme el nombre del afortunado.

Fue todo un detalle que se preocupara por mí, pero si he de ser sincera el nombre me daba exactamente igual. Era él quien iba, ya estaba todo dicho. Cuando me encontraba ciertamente pensando en este detalle insignificante, de repente, inesperadamente, pronunció aquel nombre, aquel fatídico nombre, y me quedé literalmente de piedra. No podía ser.
Había un error, seguro. No podía ser que aquel desgraciado de la Colina ocupara ahora su puesto de trabajo. ¿Cómo demonios había ido a parar allí? No se lo explicaba.

Se sentía profundamente ofendida, se le aparecían otra vez las imágenes de un pasado que ahora emergía como salido de la nada y como si el tiempo no hubiera pasado.

¿Él? ¿Él, llevándole el catálogo de los vestidos de novia, él llevando los vestidos de fiesta, los diplomáticos, los de las máximas representantes políticas y sociales de la ciudad de Barcelona? No, no lo podía permitir, en su tienda, no.

Pensó, y pensar, durante largo rato, y decidió escaparse a Madrid el fin de semana siguiente para tratar de solucionar un problema que ya la estaba amenazando masa.

Demonios, qué susto !!! Fue franca, en Madrid, sincera, esa es la palabra.

Se explicó convenientemente, de forma decidida.

No soportaba la Colina éste. No podía ser la persona que se encargara de la gestión, producción y distribución de aquellas piezas que ella tanto venía en su tienda y que eran el tesoro de las mujeres de la zona alta de Barcelona.

Si era necesario haría ella todas las gestiones, viajaría más a menudo a Madrid para tramitar ella misma los pedidos, para supervisar los productos. Por eso no había problema, pero lo que no quería era tener ese indeseable constantemente en su tienda. No. Se negó rotundamente, y el director de la franquicia parece ser que lo entendió, pero le advirtió que no podía cancelar la visita programada para la próxima semana, y que hiciera de tripas corazón que sólo sería una vez el tiempo que la debería ver. Volvió a Barcelona un poco más desahogada, pero con una buena dosis de inquietud encima.

El día acordado estaba de los nervios. Se levantó malhumorada, con una mala leche incorporada extraña en ella, y no le quiso explicar los motivos a su marido, por no preocuparle. Él sabía de esta anécdota suya del pasado, y lo que no quería es que ahora se preocupan con algo que en realidad no tenía la más mínima importancia. O eso deseaba pensar. Preparó todo lo necesario para la reunión con el Sr. Marcos, no haga grandes muestras de sentirse interesada por el material que le llevaría y esperó, plantada ante su pantalla del ordenador, que llegara.

Pasó treinta minutos de la hora establecida.

Ya hacía tarde. Era un impresentable, ya empezábamos. Se pidió un café con leche en el bar de al lado, y se sentó mientras le veía mirando fijamente la puerta de entrada. Sin noticias. Esperó otra media hora y se empezó a impacientarse. Ya tenía suficiente. Cuando ya llevaba más de hora y media de retraso, descolgó su teléfono móvil para llamar a Madrid, al director de la franquicia. Respiró fondo cuando oyó su voz y le comunicó que el Sr. Marcos no se había presentado.

El cobarde del Sr. Marcos se había quedado de un palmo de narices cuando la habían advertido de que la Sra. Cortés le esperaba en la tienda del Paseo de Gracia con mucha impaciencia. Su rostro desfigurado, su cabellera larga y abandonada, se encrespa todo de una mientras desaparecía en la nube de una fragancia barata de hombre ya grande.

Se había dado cuenta de que en esta ocasión esa mujer ya no le interesaba porque era evidente que esperaba su regreso, y eso rompía los esquemas de la lucha encarnizada que llevaba para encontrar una víctima más adecuada.

Se despidió disciplinada mente de la empresa con la que había empezado a trabajar y buscó el teléfono de algunos de los trabajadores de los bancos con los que ella trabajaba habitualmente y que estaban a punto de jubilarse. No sería tan fácil abandonarla.

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