Vestido de novia ideal

Vestido de novia ideal
5 (100%) 3 votes

Trabajaba en unos grandes almacenes desde hacía ya muchos años con mi vestido de novia ideal.

Un trabajo con mi vestido de novia ideal, monótono pero estable, que no le provocaba grandes problemas, en una jornada partida que podía compaginar con las tareas del hogar, los hijos y la vida en pareja.

No podía pedir más, tal y como están hoy en día las cosas.

vestido de novia ideal

Era una mujer amable, atractiva, educada, que se ganaba la clientela día a día, y eso era suficiente para poder realizar cómodamente su tarea.

De nada le habían servido los años en la universidad, la diversidad de cursos de especialización y los idiomas que llevaba en los hombros.

Una mala inversión, que diría aquel, si valoramos los pocos frutos de tantos esfuerzos.

Con el mísero sueldo que obtenía, sin embargo, ya tenía suficiente para liberarse de la carga de encontrarse en casa sin hacer absolutamente nada constructivo.

Era una especie de escapada, de refugio a su evidente frustración, pero al menos su existencia disfrutaba conforme a los avatares de un futuro incierto como el que ella tenía delante.

Se podía decir que era más o menos feliz, o pretendía serlo, al menos.

En verano se dirigía a la estación de tren que la llevaba al lugar donde residía, en las afueras de Barcelona.

Era un viaje tranquilo que le permitía devorar libros, su gran pasión, y distraerse con los paisajes de la Sierra de España que tanto le gustaban.

Era uno de los momentos más apacibles del día, cuando soñaba entre las líneas de aquella escritura que ella tanto intentaba copiar en sus momentos libres.

Sin embargo, antes de entrar en esa estación del centro de la ciudad cada día, desde hacía más de quince años, se detenía unos minutos ante el escaparate de una tienda situada en el Paseo de Gracia de Barcelona.

Era una tienda de lujo, grande, inmensa, más bien, donde no se hubiera atrevido entrar nunca, dada la clientela que la frecuentaba.

No era su lugar, realmente, no se correspondía ni con su físico, ni con su carácter sencillo y poco elegante, así como tampoco con sus pretensiones económicas.

Pero allí estaba, ella, siempre, cada día, de lunes a viernes, pasadas las siete de la tarde, con los ojos brillantes como diamantes, la nariz pegada a aquellos cristales resplandecientes que la deslumbraban toda, con la mirada perdida en lo que el interior estaba por esconder si no eres capaz de entrar y verlo directamente con tus propios ojos.

Era feliz sólo clavando la mirada encima de aquel escaparate.

En estar allí, su cerebro se transportaba a mundos lejanos que nunca había visitado, a una vida que podía haber sido su pero que, en cambio, había seguido un camino muy diferente.

Se imaginaba del brazo de un hombre rico de los barrios altos de la ciudad de Barcelona, enamorada y orgullosa de este amor pleno, seguro, pero también fugaz, como todos los amores, residiendo en una gran mansión en España, con una gran biblioteca como puerta de entrada a su hogar, y una segunda residencia en la Costa Brava.

Recreaba los viajes que él, muy seguramente, le regalaría por su gran aburrimiento, y los múltiples obsequios que obtendría de estos descubrimientos por los diversos continentes, y se sonreía dibujando un magnífico álbum de fotos en su cerebro.

Detenía, pero, en el momento más mágico de todos: cuando aparecía este deseo tan grande que el poder y el dinero otorgan a los hombres, esta pasión que es como la primera vez que sientes algo extraño en tu interior y te revuelve el estómago provocando hacerte un nerviosismo adolescente, peligroso, casi de vértigo, una sensación que hacía siglos que ella no sentía y que, sólo de pensarlo, provocaba la aparición de una increíble humedad en el interior de sus bragas .

Suspiraba. Todo eran sueños, y nada sería igual en aquella monótona vida que ella llevaba.

No había nada que hacer.

Así eran las cosas y se tenía que conformar … o quizás, también, este gran sueño que había inventado era una mentira descarada?

No eran tampoco felices, los ricos, ¿verdad? Le parecía que sí pero no se quería engañar: allí justamente ante aquel precioso escaparate no se lo podía negar, no.
Volvía, pues, a la realidad, ante aquel mágico escaparate que hacía unos segundos había trasladada a una vida del todo diferente, y se preguntaba por qué ella nunca había podido llevar un vestido como ese.

¿Por qué, eh? No quería ningún culpable, no, esa no era su intención.

Ya estaba harta, de buscar culpables en su vida, pero pensaba que era injusto que aquel sueño que tanto le habían inculcado desde pequeña no se hubiera realizado todavía.

Casarse, de blanco, tener una fiesta digna de su persona, unos invitados, toda su familia, los amigos, y unos recuerdos que acariciar.

Como deseaba, y había deseado siempre, aquel traje, dios mío !!!

Y como había llorado el día que ella misma había pedido a Manuel en matrimonio y él, poco convencido de estas escenas tradicionales, le había dicho que no quería conflictos con su familia, refiriéndose, claro a su madre,  su suegra.

Ella lo había vuelto a intentar. Fueron tres, las ocasiones que perdió en pedirle en matrimonio, con un anillo de compromiso incluido.

Ya no era necesario que fuera por la iglesia, pero sí en un recinto civil precioso que ya tenía visitado y con aquel vestido de novia tan bonito, de crepé blanco.

El Vestido de novia ideal. Se había negado, y habían decidido vivir juntos, como si nada, haciendo aquella vida en común que ahora le molestaba tanto.

Después vinieron los hijos que ella tanto había deseado, el niño y la niña, esta última un poco a regañadientes, pero ahora eran realmente una familia y eso era lo que realmente importaba. ¿O no? Ya no lo sabía.

Pensaba que su soltería quizás era una premonición, porque faltaba algo en esa relación.

Faltaba lo más importante, lo imprescindible en esta vida: el amor.

Reflexionaba sobre todos aquellos años de convivencia y daba cuenta de que nada en la vida es eterno, ni siquiera la rutina que alcanzan nuestras vidas, y por este motivo se miraba, día tras día, aquel magnífico escaparate, esperanzada con el regreso de un sueño aún por cumplir.

Comprobaba en su reloj de pulsera que en diez minutos su tren se dispondría a efectuar su recorrido y se despedía mirando, de nuevo, aquella brillo de la vitrina que tanto la embriagaba, soltando dos agrios lágrimas que se quedarían inmortalizadas ante la puerta de entrada de la tienda de lujo en España.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR