Matrimonio arreglado

Matrimonio arreglado
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Sólo faltaban cinco minutos.

Se acercó a la ventana y vio la multitud reunida en la puerta del caserón más que esperaba impaciente.

Hacía un día triste para ella.

No había dormido en toda la noche.

Había sido imposible.

El miedo y la incertidumbre la corroen por dentro, la martirizaban y no la dejaban pensar con claridad.

El pasado se perdía mudo entre sus pedazos de pensamiento y la ahogaba el deseo de un nuevo futuro, mejor de lo que presagiaba la situación actual en la que se encontraba.

El vestido-disfraz que le habían preparado yacía desolado en el suelo sin ánimo de ser rescatado por nadie. No era más que un objeto, sin valor, espejo de los designios de los demás.

Se le había sacado a arañazos cuando había conseguido quedarse sola en la intimidad de su habitación,

para volver a la cama de nuevo con la indiferencia total de quien siente que nada ni nadie le importa ni le importará nunca.

A sus dieciocho años la vida le pasaba ciega, sin norte ni rumbo fijo.

Había pensado en hablar, hablar, y hablar para liberarse de aquel crimen, aunque no había con quien hacerlo, era un hito inaccesible, ya no se podría desahogar.

Nada estaba en sus manos.

Todo lo habían decidido los demás, ellos, que mandaban sobre ella, y no le quedaba demasiado tiempo para despertar de aquella pesadilla.

El tiempo no era para ella y ya no se desvelaría nunca,

no lograría encontrar la salida a la pesadilla más grande de su vida que empezaba en ese momento de pena.
Una voz autoritaria entró y la sostuve de aquellos sábanas vírgenes.

Estúpida chica !, gritó.

Quería hacer tarde y nada le importaba tanto como hacer el ridículo más grande de su vida.

Por esta heroicidad sería finalmente reconocida y ella lo sabía, claro que lo sabía!

Esta era ahora su intención, quizás la única oportunidad que tendría en la vida de ser ella misma.

Sabía que ese día era muy importante. Lo sabía.

Era dolorosamente consciente, y en el fondo quería que los hombres y mujeres de aquellas baldías comarcas se arrepintieran de su destino a partir de ese momento.

Eran completamente culpables.

No sospechaba aún como de cruel había de convertirse en la existencia humana.

Ahora ya no era nada ante la escritura meticulosamente contraída del pacto establecido entre la herencia de los bienes compartidos que resultaría de esa inminente unión.

Se dejó vestir de nuevo por las manos gélidas de su madre.

Ya no escuchaba sus palabras.

No le servirían de nada en esta vida que tenía que empezar.

Sentía un deseo profundo de llorar, de pedirle perdón a su madre por todas aquellas cosas que hubiera hecho mal a lo largo de su corta vida.

Añoraba el calor de una mano amiga que la consolara en aquellos momentos.

Necesitaba una voz que la tranquilizara.

Litz ante la muerte de la existencia incierta.

No había nadie allí que le sirve para todo esto.

Era sola, tremenda mente sola, y así permanecería a lo largo de su mísera vida,

condenada desde su nacimiento por los pactos de nobleza y de bienes.

Dejó escapar una lágrima que sería de las últimas que liberaría ya con el corazón vivo de sentirse aún ella.
Cuando, por fin, llegó la hora de salir airosa a la vista de todos aquellos invitados que le esperaban en la puerta de la finca mas,

un sol rojizo acarició bien fuerte para desearle el coraje que toda mujer necesita a su vida.

Ni el vistoso maquillaje había podido envolver la tristeza de sus ojos,

y era éste el rostro que mostraría al mundo al día siguiente en las primeras páginas de los principales diarios.

Ya leía los titulares, ya sabía que finalmente el pueblo descansaría en paz sabiendo que habría una miembro más al poder, aunque por poco tiempo.

Ella no deseaba vivir en esa engañifa de mentiras eternas.

Suspiró al ver que ya llegaban a la iglesia donde el padre Vitorio le otorgaría la fe del reencuentro con los antepasados y la tierra.

A paso lento fue conducida al altar mayor.

No osó mirar la cara de quien iba a convertirse en su marido.matrimonio-arreglado

No podía.

Le daba asco de verdad. Contuvo las inmensas ganas de llorar que llevaba dentro.

Ocultó una rabia viva que la devoraba por dentro mientras la lectura del Salmo se sentía en el espacio sagrado de la Iglesia.

No escuchaba nada, sólo su voz interior, débil, carente de tono, de firmeza y perseverancia.

Una voz que ahora le retumbaba vivamente y le ofrecía el coraje suficiente para romper lo que en pocos minutos se había de constituir.

Alguien en su interior le decía que huyera, que llamara al mundo que ella era libre de decidir por su vida,

y que no consintiera la salvaje decisión que otros tomaban por ella.

Una leve rebelde  lía se reavivó en su interior, una tímida iniciativa de revuelta pareció querer surgir de sus entrañas

y la ira le atrapó toda cuando el silencio reinaba en la sala de Dios.

Una fuerza extraña la golpeó toda, un deseo inmenso de correr calles arriba del embargo y abrazó fuertemente, sin predecir las consecuencias que ese hecho provocaría.

Encendido de dolor, su rostro ardía la visión de los invitados.

Era toda llama, era un chasquido de dolor crucificado en los ojos,

brillantes como diamantes que pedían su precio justo al mercader más hábil y competente.

Entre los efectos de una droga pura y la vencida de un desmayo sin control,

no pudo amortiguar aquel inmenso grito en el cielo que salió ferozmente de sus entrañas.

Un contundente NO se sintió desde los picos más altos de las montañas y esta negación se produjo al mismo tiempo que el cuerpo frágil y delgado de

la Catalina se rompía sobre el mármol blanco de las escaleras de la Iglesia en el momento justo de la confirmación de Dios.

La unión de los dos seres había quedado sentenciada, bajo la mirada interrogante de todos los asistentes que pedían auxilio a las puertas del gran templo.

 

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