El mendigo

El mendigo
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El mendigo

Soñaba con el amor el mendigo, cada día.

Aunque creía que la vida le había demostrado que estaba lejos de él.

Su afición a navegar por la red Internet lo llevaba día tras día también,

a mantener largas conversaciones con mujeres que se mostraban en las páginas

de contactos como si de un catálogo de modelos se tratase,

pero incluso en este medio le era difícil conseguir una relación exitosa.

No era un hombre de película, esto era cierto, más bien era poco atractivo

y nada acostumbrado a constituirse como un ser de cuerpo atlético y apuesto.

No se había esforzado en toda la vida, en este sentido,

y ahora se daba cuenta de que quizás era importante mantener una buena imagen personal.

Se detuvo un momento para observarse en el escaparate de una tienda de objetos del hogar donde estaba parado en ese instante,

y observó el cuerpo y la cara que lo miraba socarrón.

Empezó a reír.El mendigo

Fue un impulso desconcertante.

Sus cabellos eran demasiado largos,

la barba le sobresalía otorgándole una semejanza extrema con aquel imagen de su juventud,

pero sin el corte perfecto, el mentón de este personaje ofrecía a sus admiradores ni los ojos penetrantes que lo caracterizaban.

También refleja de su rostro que mostraba una sequedad y rencor evidentes, poco atrayentes al género femenino y,

de un golpe, se dio cuenta de que tampoco su indumentaria era la más adecuada para mostrarse como candidato en busca del amor.

Derrumbó cuando la evidencia de un hecho tan sencillo como aquel se le mostró nítido y punzante.

No tenía nada que hacer.

Levantó la cabeza con la intención de recomponerse un poco, miró de nuevo al vidrio que se le ofrecía ahora totalmente empañado,

y decidió no creerse nada de todo aquello y seguir vagando por su existencia con las pocas posesiones que tenía.

Cogió su mochila color marrón que esperaba en el suelo, se la colocó sobre su hombro derecho y se dirigió con paso firme en la Estación del Norte,

en la parada de autobuses donde era su vida desde hacía varios días.

Cuando dio unos pasos de la marquesina donde se hacía noche se dio cuenta de que alguien, miserablemente,

se había apoderado de los cartones que le servían de escondite y descanso,

y una rabia antes contenida se le subió rápidamente al rostro haciéndolo color salvajemente y quizás, también, de forma desacertada.

Una mujer le esperaba impaciente acostada entre las sábanas baldíos que él había recogido y el mundo se detuvo plácidamente para siempre.

Finalmente Quiero Encontrarte siendo el mendigo.

 

 

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